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Descubrir la Ciudad Perdida con guías indígenas

Siempre soñé con visitar la Ciudad Perdida, o al menos desde que supe de su existencia. Son pocos los colombianos que la conocen, es por eso que me sentí enormemente agradecida cuando Wiwa Tours me invitó a realizar este viaje con ellos. 

Me encontraba en Cartagena cuando recibí el correo y no dudé ni un segundo en aceptar. Debía devolverme a Santa Marta donde ya había pasado quince días, pero Ciudad Perdida, para mí, vale la pena en todo sentido. 

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***

Nos movíamos de lado a lado a causa de la carretera sin asfaltar. Once personas habíamos dejado atrás la ciudad de Santa Marta y nos dirigíamos a El Mamey o El Machete en un auto campero. Somos dos colombianos, un francés, un estadounidense, dos chilenos, cuatro belgas y un catalán.

Juntos, pasaremos los siguientes cuatro días subiendo la Sierra Nevada de Santa Marta para llegar a la Ciudad Perdida o Teyuna. Restos de una ciudad antigua construida en el 700 d.C por los ya extintos, indígenas Tayronas. 

En El Machete, mientras almorzábamos, conocimos a Eliceo y Francisco, nuestros dos guías. Ambos usan camisa y pantalón hechos de algodón blanco, botas de goma negras y mochilas terciadas a su pecho, típicos de su etnia. El recorrido lo haremos con Wiwa Tour. Una agencia creada y operada por los mismos indígenas de la zona.

Iniciamos la caminata al finalizar el almuerzo. Eliceo nos muestra con un mapa el recorrido que haremos para subir los 1.200 metros y llegar a Teyuna. Todos estamos entusiasmados y tenemos el nivel de energía a mil.

La caminata empezó.

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A nuestro lado pasan motos dejando atrás nubes de arena. A medida que avanzamos el camino se vuelve más exigente y empinado. Las conversaciones se fueron apagando lentamente a medida que los chorros de sudor empezaron a correr. Arriba, en la cima del sendero, nos esperaban Eliceo y Francisco con frutas frescas.

No recuerdo cuántas horas caminamos ese día, pero antes del atardecer, llegamos al primer campamento. Descargamos nuestras pertenencias, escogimos una cama y bajamos hacia una cascada llamada “la piscina natural”. El agua estaba helada, perfecta en realidad después de varias horas de caminata y sudor. Por razones que ni yo misma puedo explicar, me quedé sentada en una roca observando.

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Esa noche cenamos alrededor de charlas y risas. Al finalizar,  jugamos cartas que Nacho y Carola, la pareja de chilenos, habían traído con ellos. Nunca he sido buena jugando ningún juego de mesa, de milagro puedo ganar una partida de UNO y tal vez por eso me guste tanto. Sin embargo, me divertí y para ese momento, ya sabía que había dado con un excelente grupo de personas para realizar el trekking que más había anhelado hacer en toda Colombia. 

***

Sandra atiza la brasa con leños para preparar nuestro desayuno. Después de comer y antes del alba, iniciamos nuevamente la caminata. 

Desde ese momento ninguna moto puede acceder. Somos sólo nosotros y la naturaleza. 

El canto de las aves, las mariposas, las gotas de agua estáticas en las hojas, los riachuelos cruzados, los árboles inmensamente grandes, el verde de la montaña, el vacío inmenso, el sonido de nuestros pasos, la respiración que se agota, la agilidad de los indígenas que pasan a nuestro lado sin una gota de sudor en sus frentes, mi asombro y respeto. 

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Cada dos o tres horas nuestra recompensa era una estación llena de frutas esperando por nosotros. Trozos de sandía, rodajas de piña y naranja eran nuestro trofeo. Aprovechábamos las pausas para descansar, charlar, reír, respirar, tomar aire y retomar la caminata.

En el camino nos encontramos con un poblado Kogui, una de las etnias que habita la Sierra Nevada de Santa Marta. Ellos, junto con los Arhuacos, Wiwas y Kankuamos, son los descendientes de los Tayronas y los guardianes de la montaña. Ciudad Perdida o Teyuna, el Parque Tayrona y toda la Sierra Nevada, son territorios sagrados para ellos.

Eliceo nos explica la importancia que le dan los pueblos indígenas a la naturaleza y más tarde nos contará historias ancestrales y tradiciones de la comunidad. Cada paso eran lecciones de vida. Por eso, hechos como tomar una hoja de fique y mostrarnos como sacan la fibra para hacer una mochila, sentarnos alrededor de una fogata y mostrarnos como procesan la hoja de coca para efectos medicinales, darnos a probar, cantarnos canciones típicas en sus idiomas, no solo son historias que se transmiten de generación en generación, sino también lecciones de vida. 

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-Por eso escogí esta agencia- Me dice Camilo, el otro colombiano, mientras caminábamos. 

Y con toda razón. No lo había visto hasta ese momento. Estábamos en medio de la naturaleza, en el corazón de una tierra ancestral y sagrada, siendo guiados por quienes protegen y conocen mejor que nadie la montaña.

Después de pasar el poblado indígena, pasamos por abismos que terminaban en el caudaloso río Buritaca. Sentía un poco de vértigo pero a la vez me emocionaba. 

Más adelante cruzando uno de los tantos riachuelos, Jean, el francés, se cayó dos veces. Su ropa y zapatos quedaron completamente mojados. Debía continuar así durante el resto de la caminata. Para su infortunio, la peor parte se avecinaba.

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La subida se hacía más pronunciada, el sudor se deslizaba por la frente, espalda, brazos, piernas y transpiraba por la ropa. Dar un paso más hacia arriba era como cargar una tonelada, mientras la respiración se aceleraba.  Hacer pausas en el camino significaba entregarse plenamente a los cientos de mosquitos y bichos “succionadores” de sangre, que esperaban a sus presa como un vil cazador. Seguir o terminar lleno de ronchas. No había más opción. No importa qué tipo de repelente usáramos, con el sudor como baños de agua, se dispersaba fácilmente.

No sabíamos si era mejor o no preguntar cuánto faltaba para llegar al campamento.  El paisaje embellecía la situación, aunque llega un momento en el que no quieres mirar hacia a los lados sino desear que la subida llegue a su fin. 

Debieron pasar dos o tres horas a ese ritmo, cuando por fin la cuesta arriba llegó a su fin. Aún faltaba un tramo largo por recorrer, cruzar ríos, pasar verdes que a todos nos recordó una escena de Jurassic Park, pasar puentes y finalmente llegar al campamento.

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Las estaciones para comer frutas también sirven para descansar y charlar

Esa noche al igual que la anterior, nos dedicamos a hablar y reír mientras cenábamos. 

***

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Mil doscientos escalones

Subir mil doscientos escalones crecidos de musgo y tamaño desigual te cansa irremediablemente. Sin embargo, cuando sabes que al final de esas gradas se encuentra finalmente la Ciudad Perdida, el entusiasmo regresa (al igual que el agotamiento).

Antes de ingresar a las terrazas, Eliceo hace un ritual para pedir permiso a la naturaleza. A medida que caminamos, nos va explicando tradiciones y costumbres ancestrales y las historias que esconde el lugar, sagrado para los indígenas que allí habitan y uno de los más emblemáticos de América Latina. 

Finalmente alcanzamos la primera terraza. Un empedrado plano empata a varios metros con una escalera más ancha. Muros de piedra que forman la base para las terrazas que soportaban las casas de los Tayronas. Las casas han desaparecido, pero aún podemos observar sus terrazas, acueductos y caminos. 

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Uno se siente pequeño y agradecido enfrente de tanto valor arquitectónico y ancestral. Después de unas buena cantidad de fotos estilo “casual-como-si-yo-no-supiera”, no queda más que respirar, absorber y agradecer. Uno se siente ínfimo en medio de la exuberante naturaleza y las terrazas que son verdaderamente gigantes a como se ven en cualquier foto. 

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Aún nos quedaba un día de caminata. La de regreso. Fue la más agotadora. Cuando estás subiendo tienes de recompensa el paisaje, el aprendizaje y sabes que vas a ver las terrazas. De bajada, te queda el silencio.

En mi caso, el de Jean y el de Martí -el catalán-, nos quedaba también el cansancio. Después de su caída y de caminar horas con los zapatos mojados, Jean tenía unas ampollas impresionantes que no le permitían dar un paso sin sentir dolor. Martí se ofreció a llevar su mochila para que caminara más liviano a lo que él se negó muchísimas veces.

Pasaron horas cuando ya habíamos perdido a todo el grupo de vista y nosotros dos, junto con Eliceo, caminábamos al ritmo de Jean. 

La subida empinada y difícil que nos había costado tanto sudor, ahora jugaba en nuestra contra. Cada paso de bajada, al hacerlo al ritmo más lento posible, dolía como si cientos de agujas se empalmaran alrededor de las rodillas y pantorrillas. Jean insistía en que siguiéramos nuestro camino y lo dejáramos solo, pero Martí terminó siendo más terco que él y yo por ser la única que hablaba francés, no quise dejarlo solo. 

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Esta foto la tomé bajando. La subida, es más dura de lo que parece.

Al pasar las horas, la astucia de Martí le ganó a su terquedad y le propuso un trato:

-Jean, dame tu mochila sólo por cinco minutos. Si ves que el peso no hace ninguna diferencia, te la devuelvo.

El trato fue cerrado cuando se la entregó, pero no pasaron más de tres minutos cuando Martí huyó dejando sólo polvo a su paso. Nos dejó solos, pero yo entendí el porqué. 

Dos horas después regresó sin las mochilas y sosteniendo dos botellas de agua. 

En ese momento ya no acompañaba a Jean para ser su “traductora no oficial” sino porque me nacía hacerlo. No soy una persona muy solícita con los demás, pero cuando decido serlo con alguien, esa persona puede estar segura que lo hago con la mejor intención. 

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, pienso que un viaje no es completo si no creas una conexión especial u obtienes un aprendizaje del lugar o de las personas. En Ciudad Perdida me pasaron las dos situaciones (es extraño que me suceda en un mismo destino). De los indígenas y el lugar sagrado aprendí a entender la historia para saber de dónde venimos y comprender los ciclos de la vida. De la selva y el silencio absoluto reiteré que somos un grano de arena y un paso fugaz sobre la Tierra y el Universo. Pero lo más lindo, fue darme cuenta que este viaje nunca hubiera sido igual de completo, si el camino no me hubiera permitido compartirlo con ellos. 

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Esta foto fue tomada el último día, antes de devolvernos a Santa Marta.

Llegamos de últimos al campamento, casi caída la noche. Mis rodillas nunca antes me habían dolido tanto y al día siguiente me costó mucho trabajo continuar. Jean tuvo que pagar una mula para devolverse y yo no podía seguir el ritmo de los demás. Martí lo notó y decidió acompañarme y ayudarme en el resto del trayecto. Dar para recibir, dicen por ahí. Dar y compartir. Especialmente cuando te nace del corazón.

 Te invito a ver el video de este hermoso viaje.

Este post forma parte del viaje organizado por Wiwa Tours para promocionar Ciudad Perdida como destino turístico en el norte de Colombia. Es la única agencia de viajes colombiana creada y guiada por indígenas, lo cual hace que la experiencia y el aprendizaje sean más enriquecedores. Si quieres saber más, haz click en este link o visita su página en Facebook. Las opiniones expresadas en este texto corren por cuenta mía 🙂

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2 Comments

  1. Oscar dice:

    Gràcies Martí per deixar-nos tan bé!!
    En una semana voy a Colombia! Espero disfrutarlo como explicas en tu blog.

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