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Lo caótico de La Paz

Llegamos a La Paz en plena hora pico. El tráfico era lento, avanzábamos a paso de tortuga y tardamos más de lo esperado para bajarnos del bus que nos traía desde Copacabana. Desde la ventana, Kevin y yo observábamos callados. Nunca teníamos necesidad de decirnos nada, sólo con mirarnos ya sabíamos lo que pensábamos. Era una conexión que habíamos aprendido en varias semanas de viaje. Afuera el tráfico rebosaba las calles, tiendas, comercios, gente, mucha gente. El movimiento constante de sus calles, las bocinas, los buses, los taxis, la cantidad de edificios, las casas y los teleféricos pasándote por encima. La primera impresión que me dio La paz fue: caótica

Después de instalarnos en el hostal, salimos a buscar comida. A dos calles encontramos el puestito de la señora que vendía hamburguesas y salchipapas. Ambas con mucha salsa y dos adiciones extra de grasa. Con menos de 5bl comíamos muy bien. Bien en el sentido de saciar la ansiedad y quedar satisfechos, no tiene nada que ver con las grasas y calorías extras que adquiríamos.  

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Nuestro barrio.

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Al día siguiente salimos muy temprano a caminar por la ciudad. Kevin tenía muchas ganas de tomar el teleférico y verla desde las alturas. Eso hicimos. Pagamos los dos pasajes y empezamos a subirnos en diferentes rutas sin rumbo fijo. Sólo queríamos observar. Poco a poco nuestro asombro se fue tornando en conversación y ésta se fue perdiendo en un laberinto sin salida, parecido al que se veía desde arriba. Mientras tomábamos fotos de la cantidad de edificios, casas y montañas, nuestras palabras se perdían y se fusionaban al mismo tiempo. Empezábamos a conocernos aún más. Nos reíamos de todo y de nada. Algunas veces quedábamos solos en un teleférico, otras veces íbamos acompañados y nos miraban de reojo mientras nosotros reíamos y conversábamos en francés. No sé cuánto tiempo tardamos subiendo, bajando, cambiando de estación, repitiendo el mismo trayecto, pero fue un momento inolvidable. Abajo lo caótico de La Paz y arriba una armonía desbordada. 

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La Paz desde el teleférico

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Los rayos tenues del sol golpean las casas escalonadas. De pronto, pequeñas gotas de agua empiezan a caer sobre el vidrio y se van agudizando. El clima en esta ciudad es bipolar, cambiante, agresivo. Después de varias horas nos bajamos del teleférico y empezamos la marcha. El frío y la altura nos obligaban a caminar más despacio y con esfuerzo. El tráfico pesado, la bulla, el desorden, la vida callejera. La pintura de los murales que serpentean de lado a lado las calles. Ya nada nos sorprendía, pero al mismo tiempo todo nos llamaba la atención. 

Cuando pensábamos que ya nada nos podía sorprender más, llegamos a la Calle de las Brujas. El escenario es una mezcla de mitos, leyendas urbanas y creencias que conviven en la zona. No importa si eres supersticioso o incrédulo, este lugar no te dejará de sorprender. Vimos todo tipo de amuletos y objetos tradicionales que los locales compran como remedio para los males. Habían locales con plantas curativas y protectoras, otros con artículos para luchar contra los malos espíritus y lo que más nos llamó la atención fueron los fetos de llama usados para proteger las casas nuevas. Todo expuesto. Todo a la venta. La Paz posee un aura mística en el imaginario de sus habitantes. Creencias ancestrales que provienen de sus antepasados y de la naturaleza, así como la Fe cristiana impuesta en la colonización. Una mezcla que da como resultado este tipo de mercados que ahuyentan y atraen al curioso turista. 

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En muchos locales de la Calle de las Brujas se ven estos fetos de llama colgando.

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Vendedora en las calles

Así pasamos nuestros días, caminando de un lado a otro, comiendo en el puesto de la vecina, almorzando por 10bs en algún mercado, tomando fotos de los buses, las vendedoras cholitas en sus trajes tradicionales y con sus aguayos colgándoles en sus espalda. Recorriendo bajo el sol y la lluvia. Caminando de un lado a otro para probar nuevos sabores. Observando las casas descascaradas, la cantidad de edificios, las tiendas, los artesanos que se mezclaban entre los turistas. Lo caótico de La Paz nos empezaba a gustar, de una u otra forma, nos sentimos bien en esa ciudad. A los pocos días de estar allí, Kevin decidió contratar un tour para hacer “La carretera de la muerte” en bicicleta. Yo no fui porque debía trabajar en el documental y escribir algunos artículos. 

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Una cholita con su aguayo

En la noche cuando regresó, me invita a venir con él a Sucre. No estaba en mis planes. Al día siguiente nos separábamos porque yo debía ocuparme del documental y él continuaba su ruta por el sur del país. Sin embargo, algo había nacido. No deseaba despedirme y al parecer él tampoco. 

Al día siguiente nos estábamos dirigiendo a Sucre, al parecer una de las ciudades más hermosas de Bolivia. 


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1 Comment

  1. EricK dice:

    Al menos La Paz no es tan caótica como es la capital de mi país, Perú, Lima es una de las capitales más desordenadas, vivo en Huaraz una pequeña ciudad de la región Ancash, seguro escuchaste hablar del Huascarán, pues vivo debajo del Huascarán y mi ciudad está siendo inundada de autos. Gracias por tu relato.

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