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Bogotá a través de un monstruo rojo

Una señora con su hija en brazos hace parte de la multitud. Entre juegos de malabarismos, donde con una mano intenta mantenerse de pie y con el otro brazo intenta sostener a su pequeña, va pasando entre la gente buscando donde sentarse. Nadie le ofrece el puesto. Unos fingen dormir, alguien mira hacia otro lado, otros ignoran. Recuerdo a mi amigo español que en su primera visita a Colombia se le hizo muy extraño que en un país donde se pregona tanto la hospitalidad y ayuda al prójimo, nadie se anime a dar una silla. Detalles simples que vivimos diariamente.

Miro por la ventana, leo un aviso en un segundo piso, “Casas inteligentes”, la tecnología a un paso de la vida. El precio no.

Observo por la ventana, un hombre debajo de un puente prepara una fogata y en cuclillas saca con su mano derecha un manojo de arroz de una bolsa plástica. El monstruo rojo avanza rápido, no alcanzo a ver más.

Veo pasar una paloma que alza vuelo desde el techo de una casa desalojada, gris, hecha añicos. Ventanas desgastadas, puertas fatigadas y paredes que de seguro tienen muchas historias que contar.

Se sube un hombre mayor, alto moreno. Dice buenos días a todo el bus, veo como un señor lleva sus dos manos hacia su cara con señal de impaciencia, no quiere escuchar nada y rápidamente desenvuelve sus audífonos. Vuelvo al hombre que cuenta su historia de vida, su esposa se encuentra en el hospital y esta noche debe alimentar dos bocas más. Sus hijas. Pasa sus manos vacías como una hoja en blanco, esperando unas cuantas monedas guiadas por la compasión. Otro señor hace caso omiso de lo sucedido, su mirada se enfoca hacia la ventana. Ignora todo lo que pasa a su alrededor.

El "monstruo rojo" observado desde fuera

El “monstruo rojo” observado desde fuera

La señora de al lado se maquilla. Lápiz de ojos, rubor, pestañina. Nuca he entendido el secreto de malabarismo para no sacarse un ojo dentro de un bus en movimiento. El señor que debe alimentar a su familia se escabulle entre la gente. El monstruo rojo se detiene, se escucha el sonido ensordecedor antes de abrirse. El hombre grita un Dios los bendiga antes de bajarse. ¿Cuál será su próxima estación? ¿Cuánto se hará por día? ¿Será cierta su historia?

Vuelvo a observar a través de la ventana, mi Ipod condiciona el momento. Graffitis en las paredes, miradas que me siguen y le dan color a lo gris de Bogotá. En una de éstas hay un hombre dentro de una especie de cápsula en el espacio, vamos rápido y no entiendo muy bien el mensaje. Alcanzo a ver la firma del artista, Guache, me hace gracia. Palabra utilizada en la costa como adjetivo de un hombre patán y grosero o instrumento indígena utilizado en la música vallenata. No tengo ningún vallenato en mi lista de reproducción. Crecí escuchándolo todos los días de mi vida, pero la nostalgia estando fuera del país me ganaba siempre la batalla y pasó a ser un género fuera de mi lista de canciones. Me acostumbré a no escucharlo.

Bajo un poco el volumen, alguien me habla, no entiendo y no quiero entender. Mi capacidad de atención dura lo que un rayo en pleno desierto.

Se sube una señora que pregona la venta de mentas y almendras traídas no sé de dónde. Las saca de su maleta y las empieza a repartir entre los pasajeros. Algunos las reciben, otros no. –Muy buenas tardes, hoy vengo ofreciéndoles una deliciosa menta que deja el aliento fresco y unas almendras (de no sé dónde) por un valor de mil pesitos cada una.
Unos le entregan el dinero, otros le devuelven el producto. ¿Cuánto dinero alcanzará a recolectar durante el día?

La garúa empieza a caer. Típico de Bogotá, la sombrilla debe ser parte de tu atuendo. Cierro rápidamente la ventanilla. Una joven abre un libro y se pierde en él. Primera lectora del día. Nunca he sido buena leyendo en movimiento, a los pocos minutos me duele la cabeza. Me encanta el movimiento y prefiero escuchar música. Me ayuda a digerir mejor las ideas.

Para mi digestión descubro que los dulces que me entrega la mujer que pasa por puesto en puesto, pueden servirme. Dos por doscientos, tres en quinientos. Compro uno y recuerdo la voz de ciento de personas afirmando que soy una rareza en este mundo porque no me gusta el chocolate. Sí, -me gusta afirmar- , soy una rareza en vía de extinción.

Me gustan los zapatos de la chica aquella. La que está sentada en el piso, en medio del acordeón. De hecho, su estilo me gusta, descomplicado. Muy diferente a la gordita que está al lado suyo, aunque el color de su blusa me gusta. A mi lado pasa un camión con un mensaje publicitario difícil de ignorar –Un buen plato de pasta, puede hacer que tu hijo no toque su teléfono por un buen rato- . En mi casa no se necesitaría, un buen regaño es suficiente. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Intento ir a la misma velocidad que mis pensamientos, pero me ganan la batalla. Mi cerebro se conecta mejor con mi mano que con mi boca, pero me cansé. Listo, mejor descanso. Mejor sigo mi viaje en este monstruo rojo que abre y cierra sus puertas según se necesite, pero al final, muchos confluyen en el mismo destino.

Amo el movimiento, me relaja, me recuerda que uno puede ser libre por un momento.

 

Este post hace parte de mi nuevo experimento para descubrir y reconciliarme con Bogotá. Para verla a través del espejo. Una Bogotá tal como la veo yo. Una Bogotá sin filtros.
Lina Maestre
Lina Maestre
Soy Lina y vivo viajando desde el 2014. Soy la que escribe, toma fotos y edita este blog. Nací en Colombia y he viajado en solitario y en pareja por más de 37 países. Acá encontrarás relatos de viajes, consejos y guías de destinos e inspiración para tus viajes. Tengo un libro publicado y puedes ver mi día a día a través de Instagram.  

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