Tintes imborrables en Cartagena | Patoneando Blog de viajes
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Tintes imborrables en Cartagena

Es la primera vez que camino sola en la ciudad amurallada de Cartagena de Indias. Llegué dos días atrás y ayer cuando salí a recorrerla sola, conocí a una argentina con quien continué el recorrido. Cruzamos juntas el portal bajo la Torre del Reloj e inmediatamente me sentí dentro de un cuadro.

Vendedores de libros de primera y segunda mano en diferentes idiomas, carretillas de coco fresco, vendedores ambulantes vociferando a los cuatro vientos lo que venden. Veo un hombre que lleva a hombros una larga hilera de sombreros “para que no te quemes linda”, parece un peso imposible de aumentar. No, mentira, aún lo puede aumentar mucho más. Una amplia galería incita al turista a comprar dulce de coco, leche, piña, guayaba, tamarindo y mil sabores más.

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¡Lo mejor para este calor!

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La Torre del reloj

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Pasa un cochero con su carruaje sobre una calle estrecha alusiva a la época de la colonia. Caminamos por la ciudad amurallada mientras ella me “hace el tour”. Ya ha estado acá dos veces. Esta es mi primera vez.

Llegamos a la Plaza San pedro Claver. Dos grandes estatuas de bronce recrean la escena: Pedro Claver acompaña a un esclavo con rostro desolado.  Lo llamaron el “esclavo de los esclavos” ya que los compraba para curarlos y después liberarlos. Aunque murió joven, dejó una gran huella en la historia, la cual han homenajeado con una estatua y una Iglesia en la Plaza que lleva su mismo nombre.

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La plaza San Pedro Claver

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Es en esta misma plaza donde antes se vendían y se remataban a los esclavos recién traídos en barcos españoles provenientes de África. Ahora solo se respira un aire sosegado y colorido, como los colores policromáticos de las palenqueras que venden ensaladas de frutas en tazones y mesitas de madera. En la parte posterior de esas mesas ponen un aviso que enuncia que se debe pagar si quieren una foto de/con ellas. El aviso está escrito tanto en inglés como en español, para no crear confusiones ni excusas lingüísticas.

Ella me llama cuando se da cuenta que me voy.

-¡Pero venga, acérquese sin pena!- me dice meneando la cabeza y con una amable disposición de ánimo hacia el mundo.

-!Sin pena!- vuelve y me repite.

Me acerco y me pregunta mi nombre y de dónde vengo.

-Pero ¿por qué se va tan rápido?

Empezamos una amena conversación que me obligó a sentarme en el piso porque mis pantorrilas ya estaban cansadas. A lo que me vio, enseguida me ofreció un banquito de plástico y lo puso al lado de ella.

Doña Ángela lleva más de 15 años vendiendo frutas en la misma plaza donde se vendían y marcaban los esclavos. Ella es una Palenquera de pura cepa. Así se les llama a las mujeres provenientes de San Basilio de Palenque, el primer pueblo de América fundado por esclavos prófugos liderados por Benkos Biohó, un príncipe nacido en la actual Guinea Bissau. Hoy en día el pueblo es Patrimonio Inmaterial de la Unesco.

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¡Me encanta cómo vibran las paredes en esta ciudad!

Ya han pasado mas de tres horas y yo sigo aún al lado de doña Ángela. Cada vez que otro vendedor o turista le preguntan quién soy yo, ella les responde que “una amiga” y yo asiento con una sonrisa. Su respuesta y mi expresión no los deja de desconcertar, tal vez porque son pocos los turistas que se toman una tarde entera para sentarse al lado de ella en vez de pagarle dos mil pesos o darle un dólar por una foto y luego seguir recorriendo Cartagena.

Este momento para mí vale oro. Ni siquiera me importa no estar recorriendo la ciudad amurallada como se supone que debería hacerlo.

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Mi vista estando al lado de ella.

Le compro un vaso de patilla (así se le dice a la sandía en Colombia) y ella me regala la “ñapa”. Que en realidad es casi un cuarto de la fruta entera. Me causa gracia y le pido compartirla con ella porque es muy grande. Estar sentada al su lado durante varias horas, me permitió recrear varias escenas que vive cada día en esta plaza.

-Una turista le toma una foto a escondidas y ella le exclama con voz dominante que lea el letrero y le pague.

-Otro turista viene y le compra frutas. Le da el dinero y le pide una foto juntos. Ella se pone de pie, retira la patilla del tazón y a continuación, se lo pone en la cabeza jadeando. Con su mano izquierda estira su larga falda de colores hasta la altura de su cuello y con la derecha abraza a la mujer o al hombre que saldrá en la fotografía.

-Un francés viene, lee el letrero, ella le ofrece frutas y el saca un billete de mil pesos y le dispara una foto de frente. Ella sonríe pero se nota su molestia.

Un hombre pasa vendiendo minutos.

-Hey, Teodófilo, ven pa’ que me vendas un minuto.

-¿Me habla a mí?

-Sí, ¿A quién más?

-Es que no me llamo Teodófilo

-Ahh, no importa. Es que siempre se me olvida tu nombre

Los tres soltamos una carcajada.

Así pasan las horas junto a ella. De vez en cuando me cuenta alguna historia de su familia, de su niñez, de su pueblo. Me resulta fascinante contrastar mi ignorancia de visitante casual con la experiencia y la capacidad de aguante de personas que llevan aquí años y que saben más que nadie cómo es la vida en este lugar, pero ahora el tiempo no corre a mi favor y debo marcharme.

En ese momento un hombre de tez oscura, usando pantaloneta roja que alcanzaba sus rodillas, gafas oscuras y un sombrero clásico de turista, se acerca a comprar frutas. Mientras le sirvo de traductora, empezamos a hablar sobre lo lindo que le ha parecido Colombia. Me pide que le tome una foto con Ángela y entre risas le digo que llevo más de cuatro horas sentada acá y no tengo ninguna con ella.

Inmediatamente me pide mi cámara y se ofrece a tomarnos una.

La miro y le pido permiso. Pero por favor, no se vaya a poner esa vaina en la cabeza ni se ponga de pie. Será así como hemos estado todo el tiempo.

Ella me sonríe y me abraza.

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Taurai, el australiano, dispara varias fotos. En este momento, esta captura adquiere un tinte imborrable. Tal vez lo digo con cierta vanidad, pero ese elemento trascendente de la fotografía, ahora queda como un momento mágico, confortante y compartido de alguien que se dejó fotografiar como una transacción de amistad.

No sería la última vez que la volvería a ver. Dos días después vuelvo con Taurai y Yuli, una amiga cartagenera quien me hospeda en su casa y cuya presencia ha agrandado mi experiencia positiva en Cartagena.

Los tres pasamos todo un día revoloteando por el Castillo de San Felipe y dejándonos seducir por los colores de Getsemaní y los balcones e imponentes portones de las casas multicolores de la ciudad amurallada.

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Más tarde en la noche, nos encontramos con Milena, una lectora que me escribió cuando supo que me encontraba en su ciudad. Acepté con gusto.

Ahora todos caminamos exaltados por la muralla. La trepamos por un paraje secreto que Mile y su novio conocen. Allá arriba sentimos que abrazamos el horizonte, el fuerte viento marino nos balancea un poco, siento la adrenalina de saber que estamos en el borde de un mapa que simbolizó un punto clave de la corona española. Un lugar donde la esclavitud, el hambre, la codicia, el oro, la inquisición y la desidia, marcaron una época funesta en la historia de Colombia. 

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Vista desde la Ciudad amurallada

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¡No puede haber tenido mejor compañía en este viaje!

Así se pasan mis días por Cartagena. Lentos y rítmicos a la vez. Rodeada de grandes personas que marcan una experiencia diferente. Días también llenos de cultura y barrios populares, donde salimos en pijama y chanclas para alcanzar a comprar las mejores empanadas del barrio a tan solo mil pesos; o donde el sonido de la champeta pura marca los decibeles en cien y con una cerveza en mano se vive la rumba y se olvidan todos los problemas de pobreza y de esa Cartagena que no está maquillada ni arreglada para el turismo.

Momentos en los que sentía que estaba dentro de un cuadro, de una Cartagena viva y policromática.


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Lina Maestre
Lina Maestre
Soy Lina y vivo viajando desde el 2014. Soy la que escribe, toma fotos y edita este blog. Nací en Colombia y he viajado en solitario y en pareja por más de 37 países. Acá encontrarás relatos de viajes, consejos y guías de destinos e inspiración para tus viajes. Tengo un libro publicado y puedes ver mi día a día a través de Instagram.  

6 Comments

  1. Norma dice:

    Hermosa semblanza de lo que es Cartagena y su gente asentada sobre una historia de desarraigo, crueldad y esperanza. Cartagena sintetiza muy bien las luchas de poder donde la alegría melancólica resultó marca y sello de su gente. Te felicito por el artículo que ha convalidado mi experiencia aquí hoy, en Cartagena, en julio del 2017, viajando sola a mis 61 años argentinos. Saludos

  2. Vicky dice:

    Me encanto la historia de este pueblo y tu relato. Me gustaría saber si me podes dar información de como llegar al lugar y si se puede ir y volver en el día o tenes que quedarte. Muchas gracias!

  3. Vicky dice:

    Ah perdón mi comentario iba para el pueblo de San Basilio de Palenque 🙂

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