Hilos invisibles hasta Silvia | Patoneando Blog de viajes
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Hilos invisibles hasta Silvia

Esa mañana el sol brillaba con todo su esplendor en Silvia, Cauca. 

Mientras unos hacen alguna compra por Internet, otros, como Doña Sebastiana, labran la tierra con instrumentos prehistóricos.

Ella se despierta todos los días a las cuatro de la mañana. Mi despertador suena. Son las seis en punto. Lo vuelvo a programar para media hora después y vuelvo a cerrar los ojos.

Nos habíamos puesto cita el día anterior en un almacén de telas donde entré a comprar hilo encerado para hacer manillas.

-“Mijita linda en este pueblo no va a encontrar ese hilo. Eso le toca irse hasta Cali para conseguirlo”. Me dice la dueña del almacén mientras una mujer de tez morena y mirada tierna desenreda una madeja.

-Usted no es de por acá. ¿De dónde viene? Me pregunta la propietaria.

En ese momento siento que una puerta invisible se me abre de par en par y pido permiso para sentarme en el piso, al lado de la mujer que desenreda la madeja y que está enfundada en su traje azul típico Guambiano. Les digo de dónde soy, para dónde voy, mi edad, y muchas otras cosas más que sirven para romper el hielo con desconocidos, especialmente cuando son tímidos.

A la mujer le hago preguntas sobre la madeja, después sobre su traje, ella me responde tímidamente mientras me formula otro tipo de preguntas curiosas.

Han pasado exactamente tres horas, cuando  “la mujer” que ahora es “Doña Sebastiana”, me invita a su casa, arriba en la montaña, en un resguardo indígena Guambiano.

Silvia - Cauca - patoneando blog de viajes

***

Empiezo a caminar sola por una carretera sin pavimentar. De un lado escucho el sonido del río pero no alcanzo a verlo, del otro lado veo casas y fincas.

Indígenas Guambianos me pasan por al lado. Algunos van colgando de la parte trasera de un Jeep Willys, otros van en moto y mujeres y niños en buses envueltos en humaradas negras y grises.

Todos, absolutamente todos me observaban.

No sé cuántos kilómetros caminé. Me sentía cansada. Llamé a Doña Sebastiana a su celular para verificar que no estaba perdida. Debía seguir y caminar hasta “La playa” (lo cual era un restaurante y no lo que yo me imaginaba), luego “enseguidita” cruzar a la derecha, atravesar un puente y seguir derecho hasta encontrarme con la emisora guambiana.

Seguí las instrucciones.

Ahí me estaba esperando junto con sus dos hijos menores. Los saludo. Ambos, Humberto y Yuranys, me responden el saludo tímidamente sin mirarme el rostro.

Subíamos montaña arriba.

El viento frío procedente de las montañas mece los árboles, acaricia el cultivo. Pasamos sobre pastizales y lodo. Vamos cuesta arriba. Siento que me falta el aire. Justo cuando empezaba a cansarme, los niños abren una puerta hecha de troncos de madera.

Entro despacio mientras escucho el sonido de un pájaro invisible que a juzgar por su canto, es hermoso. Veo a la gallina más fea del mundo. Horas después preguntaría si de verdad era una gallina o la estaba confundiendo con algún otro animal desconocido para mi.

Huele a tierra fresca, a maíz, a cebolla. Hace frío.

A mi izquierda hay una casa grande blanca, desde la ventana veo a un gato durmiendo.

Entramos a una pequeña casa de bahareque ubicada al lado de la más grande. Veo al esposo y a la hija mayor. Los saludo estirándoles la mano. Me siento sobre una tabla de madera que atraviesa toda la cocina y que muere al lado de una jaula de curís.

Las paredes son de barro, el piso es igual. Sobre el techo cuelgan cientos de mazorcas y hago una broma al respecto. Todos ríen. Nos sentamos alrededor del fogón. Un mesón grande hecho en piedra, con dos orificios de metal que sirven para poner las ollas. Abajo se pone la leña y el fuego empieza a avivar.

Les entrego la panela y el pan que había comprado antes de subir.

-Dios le pague, me dicen.

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Lo más difícil en estos casos, es romper hielo. Siempre busco alguna excusa, algún objeto, alguna anécdota para hacerlo. También hago preguntas así ya conozca la respuesta, de esa forma la persona se siente con la potestad de preguntarme lo mismo. Fue así como mantuvimos una charla durante horas.

Ellos me hacían preguntas por curiosidad. Se las respondía omitiendo algunas partes. No les digo que me dedico a viajar sino a escribir sobre viajes. Para ellos era una escritora que estaba de vacaciones. No iban a entender mi vida de nómada. Tampoco quería dar muchas explicaciones ni ser el centro de atención en la conversación.

Mientras el esposo muele el maíz en un molino artesanal, doña Sebastiana cose en una diminuta máquina a la que se le da cuerda a diario. Es como si el tiempo pasado se resistiera, como si fuera difícilmente franqueable.

Después de varias horas de conversación, la hija mayor se sintió en la plena confianza para mostrarme sus manillas, collares y otras artesanías hechas por ella. Quiso enseñarme a hacerlas. Su paciencia contrastaba con mi torpeza. Al terminarla, la puso en mi mano derecha. No me gusta el color blanco, pero esta manilla me recuerda ese día, esa familia, ese momento. La llevo como un amuleto.

Al terminar, me pidieron que me sentara para brindarme algo de comer.

Arepa de maíz recién molido, recién amasado, recién frito. Es el producto predilecto para ellos. Viene en todas sus presentaciones. Chicha de maíz, arepas, mazamorra e incluso al maíz recién molido lo mezclaban con un poco de agua de panela y lo consumían como si fuera un postre. Todo lo que me ofrecían lo comía. Al pasar las horas ya no deseaba nada más que proviniera de éste alimento, pero el tamaño de su hospitalidad era más poderoso que mi voluntad.

Silvia - Cauca - patoneando blog de viajes

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La cocina se convirtió en el salón de congregación. Todo se hacía ahí.

Poco a poco fui notando su ingenuidad. Creían que la Costa quedaba en otro país, me preguntaron si había llegado en barco o en avión y si allá lejos hablaban español.

Las preguntas resonaban como la misma radio que colgaba de una pared. No dejaba de sonar una emisora cristiana, así que deduje que lo eran.

Los tiempos de creer en el sol, la Tierra y la luna habían quedado atrás. Leidy, la adolescente, me muestra uno de sus cuadernos de la escuela y orgullosa me dice que están estudiando inglés. Empiezo a ojearlo. Ella estudia en un colegio cristiano y en las clases se dedicaban a traducir versículos, pero no conocía ninguna regla gramatical del idioma.

Mientras ella me explica, los demás miembros descolgaban del techo las mazorcas y las desgranaban casi al son de la canción que suena en la emisora.

Restos de lo antiguo, signos de lo nuevo.

Con un mapa en la mano, les expliqué dónde estaban ubicados, donde era mi casa, les mostré los países de Sudamérica y los vecinos de Colombia. Les dije que allá en mis tierras también se hablaba español y se manejaba la misma moneda de peso. Les hablé un poco de historia y con el dedo les señalaba las hazañas de Colón y Bolívar.

Entre ellos hablaban en guambiano. Un idioma que me resulta denso y explosivo, del cual aprendí unas cuantas palabras que aún conservo en mi diario de viajes. Aunque no entendía lo que decían, su cara de asombro reflejaba más de lo que podían expresar con palabras.

Lo más asombroso para mí, es que los niños no podían ubicar su propio país en el mapa pero sí se sabían los versículos de la Biblia de memoria. Son cosas que nunca entenderé, pero mi condición de visitante me impide criticar.

Era inevitable sentir ternura por estas personas tan nobles, tan generosas.

La miseria y la discordia que imperan en el resto del país aquí nunca se advirtieron. Nunca tuvieron problemas con nadie ni nunca nadie vino a molestarlos. Sus tierras siempre fueron respetadas por los grupos armados.

-Algunas veces pasaban por aquí pero nunca se metieron con nosotros.

Cuando estaba a punto de irme, la lluvia empezó arreciar. No me dejaron ir. No querían que me refriara. Acepté quedarme y así transcurrieron las horas, los días.

Silvia - Cauca

Admiraba su vida sencilla, pegada y apegada a la tierra. Admiraba su sentido de comunidad y solidaridad, admiraba su sentido trascendente de todos los actos de la vida. Admiraba su mundo de vitalidad, de desafíos, de belleza.

Su mundo de lavar, coser, recoger leña, preparar las comidas para sus hijos y su esposo, sembrar, barrer, lavar, volver a recoger leña, volver a cocinar, bajar al pueblo todos los martes cuando es día de mercado y todos los turistas llegan. Su mundo tan sencillo y muchas veces tan ignorado. Su mundo tan de tomar lo que tengas y aprovecharlo.

Cuando me despedí de ellos, les pedí que se tomaran una foto conmigo y se las imprimiría para que tuvieran un recuerdo. Aceptaron gustosos y todos corrieron a ponerse sus trajes tradicionales. Casi lloro del asombro.

Al momento de la despedida, entre lágrimas doña Sebastiana me dice que siempre seré bienvenida en su hogar.

La nostalgia me ganó mientras bajaba la montaña. Quizás sea la última vez que mis pasos transiten por ese camino. Y es que, aunque no la vuelva a ver, aún la llamo para saber si ella y su familia están bien, para no romper con las hilos invisibles del recuerdo.

Alcance la edad que alcance, recordaré toda la vida ese viaje.

Lina Maestre
Lina Maestre
Soy Lina y vivo viajando desde el 2014. Soy la que escribe, toma fotos y edita este blog. Nací en Colombia y he viajado en solitario y en pareja por más de 37 países. Acá encontrarás relatos de viajes, consejos y guías de destinos e inspiración para tus viajes. Tengo un libro publicado y puedes ver mi día a día a través de Instagram.  

4 Comments

  1. yuly escudero dice:

    ☺☺☺ una de miles de historias que tienes para contar, me encanto esta!!!

  2. Erika Quijano dice:

    Silvia, Cauca.
    Es mi tierra donde nací, al ver este relato de viaje me emocioné mucho y corrí a leerlo, gracias por las bellas palabras y espero muchas más personas puedan conocerlo y maravillarse.

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