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Cuando las fronteras te detienen (o la negligencia burocrática)

Son las nueve de la mañana y el conductor del bus se detiene e interrumpe mi sueño. Miro a través de la ventana y veo una patrulla de policía. En ese momento abren las dos puertas del bus y se suben tres agentes a pedir documentos. El corazón me late fuerte, como cada vez que me piden mi pasaporte en una frontera. 

-Buenos días señorita. 

-Le devuelvo el saludo mientras le entrego un documento que me habían entregado el día anterior en la embajada de Sudáfrica. 

-¿Esto qué es? Me pregunta mirándolo de lado a lado.

-Me lo entregaron en la embajada de Sudáfrica como comprobante que mi pasaporte se encuentra allá y me dijeron que con esto puedo viajar. 

-Espéreme un momento por favor. 

Se baja del bus y aunque un documento entregado por una embajada asegurándome que con eso podía viajar debería ser “seguro”, yo tenía un mal presentimiento. La espera fue eterna, o al menos así la sentí. Mientras tanto hablaba por Whatsapp con mi novio (francés) quién empezó a preocuparse tanto como yo. El agente regresa y me pide que lo acompañe “- por favor agarre su equipaje y sus pertenencias-” me dice. Y en ese momento supe que todo estaba mal. 

-Este documento sólo le servirá a la embajada porque a España no la podemos dejar entrar con esto. Y estas fotocopias no me dicen nada, yo puedo tomar una foto de mi cara e imprimirla varias veces y decir que soy yo o inventar que soy otra persona. ¿Dónde vive usted? -Prosiguió. 

-En Estrasburgo, en la frontera con Alemania. 

-Pues tendrá que regresar allá si es que esta visa es real. 

-Sí, es real. Tengo visa francesa hasta el próximo año. 

Y sin dejarme decir más nada, me ordenó sacar mi equipaje del bus y seguirlo. Mientras el conductor del bus abría la bodega, me decía que no me preocupara, que todo iba a estar bien, que no me iban a hacer nada malo. Y aunque yo sabía que tenía papeles y que podía estar en Europa legalmente, no dejaba de sentir rabia contra la embajada, ni temor por el trago amargo que iba a pasar mientras se dignaban a mirar en el sistema para saber si yo era o no una ilegal. 

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“¿Por qué no?”

¡CÓMO UNA ILEGAL!

Me pidieron que entrara a un cuarto pequeño con tres paredes y un vidrio que nos separaba de un corredor y una oficina donde (supuse) se encontraban los policías. Me senté en una de las sillas azules de plástico, al lado de otros dos hombres que habían hecho bajar del bus junto conmigo.

-¿De dónde son? Les pregunto. 

– De Marruecos me responden ambos. 

En ese instante mi teléfono suena y le respondo a mi novio para contarle detalles de lo que me sucedía. Mientras hablaba con él, un policía golpea el vidrio y me dice que no tengo derecho a hablar por teléfono. Lo retiro lentamente de mi oreja derecha en dirección a mis piernas, y otro policía le dice que no hay problema y me dejan seguir hablando. No sé cuánto tiempo pasó pero la espera parecía eterna. 

Un grupo de cuatro policías de Francia ingresan al establecimiento y nos miran a todos a través del vidrio. Me recorre un sentimiento de vergüenza, algo difícil de explicar pero comprensible si uno se imagina en tal situación. Uno de ellos abre la puerta y nos pregunta si hablamos francés. Yo le respondo que sí y los dos hombres le dicen que un poco -“un petit peu”-. El policía frunce las cejas y afirma que hay un olor a marihuana que no soporta (reconozco que yo no la había sentido) e inmediatamente le pregunta a los chicos si alguno había fumado. 

-Yo. Un poco. Responde uno de ellos.

-¿Y aún llevas contigo?

-Sí. Un poco. Aquí, dice mientras señala el bolsillo derecho de su pantalón. 

El policía mueve su cabeza de lado a lado de manera negativa como desaprobando la acción y cierra la puerta algo molesto. A través del vidrio puedo ver como habla con sus otros compañeros y dos de ellos se acercan a verle la cara al hombre-sin-papeles-que-lleva-marihuana. 

Mientras hablan entre ellos nos piden que los acompañemos. El policía francés que había entrado a preguntar sobre la marihuana me pide que venga con él y su compañera. Me subo (por primera vez en mi vida) en un auto de policía. Fue algo extraño. Creo que uno no tiene en su bucketlist estas cosas, pero por si las moscas…. Subirme en un carro de policía fronteriza: tachado de la lista. 

En el auto me piden que le cuente la verdad. Es la primera vez que me dejan hablar desde que me bajaron del bus. Les digo que soy colombiana y que cuento con una visa de trabajo francesa válida hasta el 2019. Les digo que hace ocho semanas envié mi pasaporte a la embajada de Sudáfrica para obtener una visa de turismo y que aún no me la entregan. Les explico que un día antes estaba en París para que me dieran el pasaporte y me entregaron un documento que afirma que ellos lo tienen y que me permite moverme dentro del espacio Schengen. Ellos no pueden creer la historia y empiezan a hacerme preguntas sobre mi vida, mi trabajo y hasta de mis viajes. Luego me felicitan porque me desenvuelvo muy bien en francés. Me empiezo a sentir segura y menos criminal. 

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TODO SE EMPIEZA A ACLARAR

Al entrar a la estación de policía me piden dejar mis pertenencias en un rincón y me separan de los dos hombres. Ellos entran a un cuarto encerrado con un vidrio y a mi me piden que me siente en una oficina mientras viene alguien a hablarme. La mujer policía me pregunta si tengo sed y le digo que sí. Regresa con un vaso de agua, un jugo de naranja y unas galletitas. Estaba segura que el trato era muy diferente al que le estaban dando a los otros dos chicos cuya suerte no podía adivinar. 

Minutos después llega un señor vestido de civil, me saluda y me pide que lo siga. En el camino veo otros policías haciendo llamadas o hablando entre ellos. Sobre las paredes cuelgan fotos de hombres “buscados” y paso por una sala donde te toman fotos y tus huellas. Todo se me hacía familiar gracias a las películas. 

Entro a una sala donde hay un grupo de seis policías, todos hombres. Me piden que les cuente la situación. Repito nuevamente la historia y me piden que les muestre el documento que me entregaron en la embajada. 

-Yo se lo entregué al policía. 

-¿A qué policía?

-Al español. 

-¡Puta madre! Se quedaron con él. ¿Qué hacemos? Y se empezaron a mirar entre ellos como esperando que alguno diera la mejor solución. 

Uno de ellos dio la idea de llamar a la embajada y otro le dice que podía mirar en el sistema del Ministerio de Justicia. Paso a otro cuarto donde hay un escritorio, dos sillas, un computador y una máquina para tomar las huellas. En las paredes colgaban afiches publicitarios de la Institución. Pongo mi mano derecha, luego la izquierda, luego los pulgares. Todos me observan y se ubican detrás de la pantalla del computador para ver qué saldría. 

La espera tardó unos segundos pero me pareció eterna (nuevamente). Yo estoy delante del escritorio observándolos. 

-Ahhhh voilà, dice el que está buscando la información. 

Todos me miran, vuelven a la pantalla y sonríen. 

-Ven, mira esto.

Voy rápidamente y veo mi foto con toda mi información. -“Voilà, soy yo”- les digo con una sonrisa. 

El mismo hombre subraya la fecha de la visa mientras les dice a los demás que yo no mentía, que mi visa es válida hasta el 2018. 

Todos me juegan bromas sobre mi trabajo y su deseo de viajar por el mundo. Uno de ellos me pregunta qué iba hacer en Madrid y le cuento que iba a dar una conferencia sobre viajes a mujeres. Todos parecen asombrarse. Me dicen que van a imprimir esos papeles para que pueda moverme por Francia.

-Si un policía te pide tus documentos, entregas esto y vas a estar bien. Puedes también intentar ir a España pero si los mismos policías te vuelven a ver, no te van a dejar pasar y nosotros no podemos hacer nada porque es nuestra jurisdicción. ¿qué harás?- 

Y en ese momento, para mí (y para todos) era más que claro que debía volver a casa (en Alsacia, en la frontera con Alemania). Ya era demasiado. La conferencia la cancelaría enviando emails desde un tren y sabía que debía pasar por lo menos otras 17 horas en un bus para llegar a casa. 

Cuando salí de la estación todos se despidieron de mi y me desearon un feliz día. Mi agotamiento apenas empezaba pero al menos la angustia ya había pasado. 

CUANDO LAS FRONTERAS TE DETIENEN

Cundo se viaja todo el tiempo, uno se expone a este tipo de situaciones al pasar fronteras, sin embargo no es fácil de asimilar y en el momento la angustia es grande. De regreso a casa no dejaba de preguntarme por qué les había creído a los de la embajada… pero bueno, ¡es una embajada! Se supone que les debes creer. 

Al final todo fue un trago amargo y regresé a casa sana y salva. Sin embargo no iba a bajar los brazos. Así como soñaba con viajar por el mundo y lo hice realidad, también sigo soñando con dar conferencias y charlas en diferentes ciudades y países. Todo a su debido tiempo. Nadie dijo que los sueños venían envasados en un supermercado. 

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Llegando a la estación de Policía

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El desayuno que me trajeron                              

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